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miércoles, 11 de julio de 2012

"Réquiem por un campesino español" (Ramón J. Sender)


Ramón J. Sender así, a bote pronto, quizá menos reconocido que otros autores de su generación: Francisco Ayala, Rosa Chacel o Cela, pero su creación literaria fue vastísima: más de sesenta novelas, numerosos ensayos, incluso teatro y alguna incursión poética. Sin duda, la obra por la que se reconoce al autor oscense es “Crónica del Álba”, una serie de nueve novelas de carácter autobiográfico. En el otro extremo, por la extensión y la capacidad de creación, escrita en una semana, está otra de sus novelas más conocidas: “Réquiem por un campesino español”.

Obviamente y si nos atenemos al año de publicación, 1960, el libro no fue publicado en nuestro país, como ocurrió con muchos otros que sufrieron la censura, sin ir más lejos, “La colmena”, si no que vería la luz en México. En principio, publicado en 1953, con el título de “Mosén Millán”, y después “Requiem por un campesino español”.

Es un libro que apetece leer, primero y dicho sea de paso, por su extensión. Un librito que no llega a cien páginas es apetecible en cualquier momento. Se antoja sencillo, rápido y ameno. Y “Réquiem por un campesino español” es todo eso pero no  es llevadero. Ya desde la primera página el lector se da cuenta de que va a presenciar una tragedia, al modo de las grandes obras griegas pero enmarcada en un tiempo y en un espacio para nada lejano. En los albores de la Guerra Civil en una pequeña aldea aragonesa. Pero son datos que se extraen a través de la lectura del libro. Porque el autor no menciona en ningún momento el nombre del lugar ni la fecha exacta de los acontecimientos. Y esto nos hace ver que aunque se refiere a unos hechos muy concretos: los recuerdos del párroco durante una calurosa tarde de verano, de los acontecimientos ocurridos  a Paco el del Molino, mezclando los hechos ocurridos un año antes con el recuerdo de la infancia, la adolescencia y la primera madurez de Paco. Cómo los primeros albores de un conflicto bélico pueden remover las pasiones más bajas, delatar a un vecino, traicionar a un amigo, esconder una ideología, o querer mirar hacia otro lado por puro instinto de conservación. Un hecho tan particular como universal a la vez, y seguramente repetido desde que el mundo es mundo, y por lo tanto, desde la primera guerra que acaeciera en la humanidad, ni siquiera escrita. Seguramente en los conflictos que a la mente nos puedan venir, hubo un Paco el del Molino, hubo un cura atemorizado y dispuesto a mantener el orden en su parroquia, un vecino disconforme con el sistema pero en definitiva buena persona como el zapatero, agentes de la autoridad imponiendo su abuso, caciques autoritarios y  gentes que malmetían y otras que frente a la tragedia se escondieron y pretendieron olvidar. Ni unos ni otros ganaron nada. En los libros de historia puede haber vencedores y vencidos, pero cuando una guerra permite la más alta de las traiciones que es el consentimiento de matar por una ideología política, religiosa o económica nadie gana: es la muestra de la debilidad del ser humano llevada a la máxima expresión.


“Réquiem por un campesino español” es un libro que nos hace pensar y reflexionar y no nos puede permitir quedarnos en un simple episodio de nuestra historia más reciente. Si no que nos ha de hacer pensar que con su lectura, con su recreación, no podemos olvidar. El olvido es necesario para seguir día a día, es el mecanismo que nos permitir continuar pero también la mejor arma para quien quiere pasar por alto que hechos así ocurren todos los días en todos los puntos del mundo donde un conflicto está empezando, sigue su curso o es ya tan dilatado en el tiempo que ha sido abandonado en un rincón de la memoria colectiva. Obras así son necesarias en todas las literaturas de todo el mundo y en todas las conciencias de los que pretenden que eso no vuelva a pasar.

Enlaces de interés:

http://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9quiem_por_un_campesino_espa%C3%B1ol

http://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_J._Sender

http://www.casadellibro.com/busqueda-libros?busqueda=requiem+por+un+campesino+espa%C3%B1ol&nivel=5&auto=0&maxresultados=10&=Busca

domingo, 17 de junio de 2012

"TIEMPO DE VIDA" (Marcos Giralt Torrente)


 

Cuando te enfrentas a un largo viaje, no me refiero a ello de una forma metafórica,  mucho menos metafísica. Si no a un viaje en tren prácticamente de una punta a otra del país, pocas cosas te quedan para no desesperarte que la compañía de un mp3 (sí, soy una antigua y uso mp3 cuando viajo) y un buen libro, que en este caso fue uno de los de toda la vida: de papel, con su portada y sus 200 páginas justas. “Tiempo de vida” me acompañó desde las ocho de la mañana en la estación de Granada hasta cerca de las once de la noche a mi llegada a Sants, Barcelona.

               Oí hablar de esta novela en la radio. Y apunté su nombre. No dejaba de ser la promoción más de un libro y el autor no dijo nada especialmente reseñable. Pero lo apunté. “Tiempo de vida”, la historia de la relación de un padre, Juan Giralt (cuyo nombre no conocía, pintor) y su hijo Marcos Giralt Torrente (más tarde caí en la cuenta de que podría tener relación con Gonzalo Torrente Ballester, de hecho es su nieto).

               Pero Marcos Giralt se desembaraza del peso que le puede suponer la obra de su abuelo, el lugar que ocupa este en la historia de nuestra literatura y así lo reconoce en varias entrevistas:

“Eres escritor porque tu abuelo es escritor, y lo he tenido que soportar. El hecho de que mi abuelo fuese escritor no influyó en el hecho de que yo quisiese ser escritor. Si nos ponemos estrictos, puede ser, mi abuelo influyó en mi madre, en cierto gusto por las palabras, en el intento de apresar una historia, y esa herencia me ha llegado a través de mi madre. Pero cuando yo era pequeño, si tenía una vocación, cuando vivía con mi padre pasaba las tardes enteras con él en su estudio mientras él pintaba y lo más lógico hubiera sido que me hubiese dedicado a la pintura, porque era mi terreno de expresión más inmediato. Como una forma de rebelión en la adolescencia dejé esa vocación pictórica, que estoy seguro de que no me hubiera llevado a ningún lado”.

Porque no es un autor típico de novela realista, ni de grandes trilogías como las que nos bombardean diariamente. “Tiempo de vida” es  la historia de la relación de un hijo con su padre, y en última instancia de un padre con su hijo. Una relación problemática, llena de ausencias, de primeros reproches y de pequeñas venganzas infantiles e incluso juveniles a las que el autor recurre para dañar al padre, mejor, para reclamar el papel del padre que él desea y al que el escultor nunca respondió como su hijo deseara. Pero no es una novela realista, parte de hechos reales pero desde la óptica sentimental que rodea toda relación de un padre con su hijo, que por exceso o defecto, marca de una manera u otra. Y Marcos Giralt no le interesa poner tierra de por medio, ni mostrarse a través de la tercera persona. Todo el libro habla en primera persona. Da saltos en el tiempo, reflexiona y cae en la cuenta de muchos sentimientos que evolucionaron con el tiempo, a mejor o a peor pero lo hicieron. Esos saltos no son en este caso, una técnica narrativa: son el sentir de toda vivencia, las cosas toman valor con el tiempo y la distancia y salen a la luz para sanarnos o para herirnos, en el momento más inesperado o a través de un proceso de maduración que es inevitable si queremos tener conciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

“Es un poco todo: se puede leer como una novela pero no lo es como tal, también es ficción pero el material parte de la realidad, como aspiración a reflejar la realidad tal y como yo la sentí. No es una autobiografía, porque después de todo aspira a ser literatura, no una explicación de la trayectoria de una vida”.

Asimismo, en el libro no hay nombres propios porque no interesan. Todos los personajes toman su posición dentro del pensamiento del autor,  desde el punto de vista que él lo sintió y creyó necesario en su vida. Y así, no sólo protege la intimidad de algunos de ellos si no que provoca cercanía y empatía con el lector. Desde que la literatura es tal, incluso antes de que nos llegara escrita, la relación entre padre e hijo es un hecho universal porque es la esencia del ser humano. Como animales sociales que somos, constituyen nuestros progenitores la primera referencia, para seguirla o ignorarla. De eso el tiempo se encarga. Y eso es lo que nos encontramos en la novela: el tema tratado de forma valiente, sin tapujos, sin esconder sombras pero también recogiendo momentos que fueron dichosos con el padre. Porque no todo puede ser de un único color en la vida: perdidos estaríamos si fuera así.

“No hay nombres propios en esta historia (aunque todos reconozcamos a los personajes, dentro de la historia y como universales en la vida)”.

“Mi madre sólo aparece donde es estrictamente necesario, de manera tangencial. Solo donde puede iluminar aspectos con mi padre, igual que mi mujer o mis amigos”.

Así que Marcos Giralt Torrente hace una confesión valiente y un examen de conciencia de la forma más íntima que se pueda hacer. Y le sale una obra genial, que te atrapa desde el primer momento y que hace que tengas la sensación de que de alguna forma la escritura ahuyenta fantasmas y reconcilia temperamentos y que por eso el mundo puede ser un lugar un poco mejor del que era cuando cierras el libro.

Desde la primera página supe que iba a ser un libro totalmente recomendable y por ello lo recomiendo. Leedlo y ponedlo en el estante de los buenos libros. Ese que tenemos todos, libros que sabemos que no dormirán en una caja mientras lo podamos evitar.

Enlaces.-