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miércoles, 11 de julio de 2012

"Réquiem por un campesino español" (Ramón J. Sender)


Ramón J. Sender así, a bote pronto, quizá menos reconocido que otros autores de su generación: Francisco Ayala, Rosa Chacel o Cela, pero su creación literaria fue vastísima: más de sesenta novelas, numerosos ensayos, incluso teatro y alguna incursión poética. Sin duda, la obra por la que se reconoce al autor oscense es “Crónica del Álba”, una serie de nueve novelas de carácter autobiográfico. En el otro extremo, por la extensión y la capacidad de creación, escrita en una semana, está otra de sus novelas más conocidas: “Réquiem por un campesino español”.

Obviamente y si nos atenemos al año de publicación, 1960, el libro no fue publicado en nuestro país, como ocurrió con muchos otros que sufrieron la censura, sin ir más lejos, “La colmena”, si no que vería la luz en México. En principio, publicado en 1953, con el título de “Mosén Millán”, y después “Requiem por un campesino español”.

Es un libro que apetece leer, primero y dicho sea de paso, por su extensión. Un librito que no llega a cien páginas es apetecible en cualquier momento. Se antoja sencillo, rápido y ameno. Y “Réquiem por un campesino español” es todo eso pero no  es llevadero. Ya desde la primera página el lector se da cuenta de que va a presenciar una tragedia, al modo de las grandes obras griegas pero enmarcada en un tiempo y en un espacio para nada lejano. En los albores de la Guerra Civil en una pequeña aldea aragonesa. Pero son datos que se extraen a través de la lectura del libro. Porque el autor no menciona en ningún momento el nombre del lugar ni la fecha exacta de los acontecimientos. Y esto nos hace ver que aunque se refiere a unos hechos muy concretos: los recuerdos del párroco durante una calurosa tarde de verano, de los acontecimientos ocurridos  a Paco el del Molino, mezclando los hechos ocurridos un año antes con el recuerdo de la infancia, la adolescencia y la primera madurez de Paco. Cómo los primeros albores de un conflicto bélico pueden remover las pasiones más bajas, delatar a un vecino, traicionar a un amigo, esconder una ideología, o querer mirar hacia otro lado por puro instinto de conservación. Un hecho tan particular como universal a la vez, y seguramente repetido desde que el mundo es mundo, y por lo tanto, desde la primera guerra que acaeciera en la humanidad, ni siquiera escrita. Seguramente en los conflictos que a la mente nos puedan venir, hubo un Paco el del Molino, hubo un cura atemorizado y dispuesto a mantener el orden en su parroquia, un vecino disconforme con el sistema pero en definitiva buena persona como el zapatero, agentes de la autoridad imponiendo su abuso, caciques autoritarios y  gentes que malmetían y otras que frente a la tragedia se escondieron y pretendieron olvidar. Ni unos ni otros ganaron nada. En los libros de historia puede haber vencedores y vencidos, pero cuando una guerra permite la más alta de las traiciones que es el consentimiento de matar por una ideología política, religiosa o económica nadie gana: es la muestra de la debilidad del ser humano llevada a la máxima expresión.


“Réquiem por un campesino español” es un libro que nos hace pensar y reflexionar y no nos puede permitir quedarnos en un simple episodio de nuestra historia más reciente. Si no que nos ha de hacer pensar que con su lectura, con su recreación, no podemos olvidar. El olvido es necesario para seguir día a día, es el mecanismo que nos permitir continuar pero también la mejor arma para quien quiere pasar por alto que hechos así ocurren todos los días en todos los puntos del mundo donde un conflicto está empezando, sigue su curso o es ya tan dilatado en el tiempo que ha sido abandonado en un rincón de la memoria colectiva. Obras así son necesarias en todas las literaturas de todo el mundo y en todas las conciencias de los que pretenden que eso no vuelva a pasar.

Enlaces de interés:

http://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9quiem_por_un_campesino_espa%C3%B1ol

http://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_J._Sender

http://www.casadellibro.com/busqueda-libros?busqueda=requiem+por+un+campesino+espa%C3%B1ol&nivel=5&auto=0&maxresultados=10&=Busca

domingo, 17 de junio de 2012

"TIEMPO DE VIDA" (Marcos Giralt Torrente)


 

Cuando te enfrentas a un largo viaje, no me refiero a ello de una forma metafórica,  mucho menos metafísica. Si no a un viaje en tren prácticamente de una punta a otra del país, pocas cosas te quedan para no desesperarte que la compañía de un mp3 (sí, soy una antigua y uso mp3 cuando viajo) y un buen libro, que en este caso fue uno de los de toda la vida: de papel, con su portada y sus 200 páginas justas. “Tiempo de vida” me acompañó desde las ocho de la mañana en la estación de Granada hasta cerca de las once de la noche a mi llegada a Sants, Barcelona.

               Oí hablar de esta novela en la radio. Y apunté su nombre. No dejaba de ser la promoción más de un libro y el autor no dijo nada especialmente reseñable. Pero lo apunté. “Tiempo de vida”, la historia de la relación de un padre, Juan Giralt (cuyo nombre no conocía, pintor) y su hijo Marcos Giralt Torrente (más tarde caí en la cuenta de que podría tener relación con Gonzalo Torrente Ballester, de hecho es su nieto).

               Pero Marcos Giralt se desembaraza del peso que le puede suponer la obra de su abuelo, el lugar que ocupa este en la historia de nuestra literatura y así lo reconoce en varias entrevistas:

“Eres escritor porque tu abuelo es escritor, y lo he tenido que soportar. El hecho de que mi abuelo fuese escritor no influyó en el hecho de que yo quisiese ser escritor. Si nos ponemos estrictos, puede ser, mi abuelo influyó en mi madre, en cierto gusto por las palabras, en el intento de apresar una historia, y esa herencia me ha llegado a través de mi madre. Pero cuando yo era pequeño, si tenía una vocación, cuando vivía con mi padre pasaba las tardes enteras con él en su estudio mientras él pintaba y lo más lógico hubiera sido que me hubiese dedicado a la pintura, porque era mi terreno de expresión más inmediato. Como una forma de rebelión en la adolescencia dejé esa vocación pictórica, que estoy seguro de que no me hubiera llevado a ningún lado”.

Porque no es un autor típico de novela realista, ni de grandes trilogías como las que nos bombardean diariamente. “Tiempo de vida” es  la historia de la relación de un hijo con su padre, y en última instancia de un padre con su hijo. Una relación problemática, llena de ausencias, de primeros reproches y de pequeñas venganzas infantiles e incluso juveniles a las que el autor recurre para dañar al padre, mejor, para reclamar el papel del padre que él desea y al que el escultor nunca respondió como su hijo deseara. Pero no es una novela realista, parte de hechos reales pero desde la óptica sentimental que rodea toda relación de un padre con su hijo, que por exceso o defecto, marca de una manera u otra. Y Marcos Giralt no le interesa poner tierra de por medio, ni mostrarse a través de la tercera persona. Todo el libro habla en primera persona. Da saltos en el tiempo, reflexiona y cae en la cuenta de muchos sentimientos que evolucionaron con el tiempo, a mejor o a peor pero lo hicieron. Esos saltos no son en este caso, una técnica narrativa: son el sentir de toda vivencia, las cosas toman valor con el tiempo y la distancia y salen a la luz para sanarnos o para herirnos, en el momento más inesperado o a través de un proceso de maduración que es inevitable si queremos tener conciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

“Es un poco todo: se puede leer como una novela pero no lo es como tal, también es ficción pero el material parte de la realidad, como aspiración a reflejar la realidad tal y como yo la sentí. No es una autobiografía, porque después de todo aspira a ser literatura, no una explicación de la trayectoria de una vida”.

Asimismo, en el libro no hay nombres propios porque no interesan. Todos los personajes toman su posición dentro del pensamiento del autor,  desde el punto de vista que él lo sintió y creyó necesario en su vida. Y así, no sólo protege la intimidad de algunos de ellos si no que provoca cercanía y empatía con el lector. Desde que la literatura es tal, incluso antes de que nos llegara escrita, la relación entre padre e hijo es un hecho universal porque es la esencia del ser humano. Como animales sociales que somos, constituyen nuestros progenitores la primera referencia, para seguirla o ignorarla. De eso el tiempo se encarga. Y eso es lo que nos encontramos en la novela: el tema tratado de forma valiente, sin tapujos, sin esconder sombras pero también recogiendo momentos que fueron dichosos con el padre. Porque no todo puede ser de un único color en la vida: perdidos estaríamos si fuera así.

“No hay nombres propios en esta historia (aunque todos reconozcamos a los personajes, dentro de la historia y como universales en la vida)”.

“Mi madre sólo aparece donde es estrictamente necesario, de manera tangencial. Solo donde puede iluminar aspectos con mi padre, igual que mi mujer o mis amigos”.

Así que Marcos Giralt Torrente hace una confesión valiente y un examen de conciencia de la forma más íntima que se pueda hacer. Y le sale una obra genial, que te atrapa desde el primer momento y que hace que tengas la sensación de que de alguna forma la escritura ahuyenta fantasmas y reconcilia temperamentos y que por eso el mundo puede ser un lugar un poco mejor del que era cuando cierras el libro.

Desde la primera página supe que iba a ser un libro totalmente recomendable y por ello lo recomiendo. Leedlo y ponedlo en el estante de los buenos libros. Ese que tenemos todos, libros que sabemos que no dormirán en una caja mientras lo podamos evitar.

Enlaces.-





jueves, 24 de mayo de 2012

ANTONIO MACHADO: UN POETA SIEMPRE NECESARIO




Los manuales al uso, los libros de texto, o cualquier página web que podamos abrir para acercarnos a la vida y obra de Antonio Machado comienza refiriendo su fecha de nacimiento y el lugar. Pero sin embargo la mayor significación del poeta y su recuperación como figura poética cumbre no sólo de nuestras letras, sino de la poesía universal, porque no deja Machado de tocar los grandes temas vitales desde las pequeñas cosas, viene de lo que supuso su muerte, lejos de la patria que lo vio nacer: En Collioure, cansado y enfermo, murió el poeta, en Febrero del 39, donde había llegado tras pasar por Valencia y Barcelona, buscando el exilio al que las circunstancias del país lo habían avocado.
Porque aunque Machado fuera sevillano de nacimiento, pronto marchó a Madrid con su familia. Pero es en Castilla, con una cátedra de francés, donde el poeta se siente plenamente castellano. No sólo el poeta, si no más allá de este, el hombre, se identifica con el paisaje sobrio y ocre de lo que se fue y quizá nunca haya dejado de serlo, Castilla la Vieja: los campos, las gentes, la soledad de los páramos, la miseria de los campesinos y el destino de una población que no tiene más futuro que el de sobrevivir, sobrecogen a Machado. Ese espíritu sereno pero también sencillo de las gentes castellanas es la sintonía que siente el poeta para no olvidar nunca aquella tierra. De hecho, su etapa en Soria, coincide con sus grandes poemas, y los que vinieron después ya lejos de tierras castellanas, son sublimes evocaciones a esta época de su vida:
La tierra no revive, el campo sueña. Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda .
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.
También es en Soria donde Machado conoce a Leonor Izquierdo, sobrina de los dueños de la pensión donde Antonio vivía mientras daba clases en Soria. Teniendo tan sólo Leonor quince años, contrajo matrimonio con el poeta. Lo acompañó a París, donde Antonio estaba disfrutando de una beca. Pero Leonor enfermó y volvieron a Soria. La joven murió tan sólo tres años después de conocer al poeta:
“Si la felicidad es algo posible y real - lo que a veces pienso - yo la identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer”.

Así, no pudiendo quedarse en Soria, el recuerdo de Leonor lo atormenta, se marcha a Baeza, donde hay una cátedra vacante como profesor de francés, al igual que lo fuera en tierras castellanas. En este periplo Machado escribe poco, se dedica a la enseñanza y al cuidado de su madre. Publica ampliaciones de su “Campos de Castilla” con conmovedoras poesías de evocación a Soria y a su esposa muerta. También son numerosos los poemas que en esos años dedica a figuras de las letras y la cultura de la época, amigos del poeta: Rubén Darío, Unamuno, Juan Ramón o José María Palacio.
ALLÁ, EN LAS TIERRAS ALTAS…
Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.
            Tardaría Machado doce años en dar otro nuevo libro a la imprenta. Él mismo reconoce que está cansado, que escribe poco.
“Escribo poco y aun esto no muy a gusto” (Carta a Unamuno en 1931)
 Se traslada a Segovia, donde realiza, a pesar de su poca actividad poemática, una intensa labor cultural. “Nuevas canciones” no tiene el impulso motivador de “Campos de Castilla”, es un poemario más heterogéneo, con breves composiciones, descripciones del campo andaluz, aunque ni de lejos con la genialidad con la que compuso los poemas dedicados a las tierras castellanas. También hay pequeñas muestras filosóficas, proverbios que encierran pensamientos profundos encerrados en palabras triviales.

CAMPOS DE ANDALUCÍA

I

Desde mi ventana,

¡campo de Baeza,

a la luna clara !

¡Montes de Cazorla,

Aznaitín y Mágina!

¡De luna y de piedra

también los cachorros

de Sierra Morena!

II

Sobre el olivar,

se vio la lechuza

volar y volar.

Campo, campo, campo.

Entre los olivos,

los cortijos blancos.

Y la encina negra,

a medio camino

de Úbeda a Baeza.

III

Por un ventanal,

entró la lechuza

en la catedral.

San Cristobalón

la quiso espantar,

al ver que bebía

del velón de aceite

de Santa María.

La Virgen habló:

Déjala que beba,

San Cristobalón.

IV

Sobre el olivar,

se vio la lechuza

volar y volar.

A Santa María

un ramito verde

volando traía.

¡Campo de Baeza,

soñaré contigo

cuando no te vea!

V

Dondequiera vaya,

José de Mairena

lleva su guitarra.

Su guitarra lleva,

cuando va a caballo,

a la bandolera.

Y lleva el caballo

con la rienda corta,

la cerviz en alto.

VI

¡Pardos borriquillos

de ramón cargados,

entre los olivos!

VII

¡Tus sendas de cabras

y tus madroñeras,

Córdoba serrana!

VIII

¡La del romancero,

Córdoba la llana!...

Guadalquivir hace vega,

el campo relincha y brama.

IX

Los olivos grises,



los caminos blancos.

El sol ha sorbido

la calor del campo;

y hasta tu recuerdo

me lo va secando

este alma de polvo

de los días malos.

PROVERBIO
Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...

A partir de 1924, su producción ya es muy escasa. Diversas reediciones de sus poesías y el “Cancionero apócrifo de Juan de Mairena y Abel Martín”, poetas de su invención. Y composiciones dedicadas a Guiomar, tardío amor hacia Pilar Valderrama.

CANCIONERO DE JUAN DE MAIRENA.

¿Un arte proletario? Para mí no hay problema. Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear un arte para señoritos, que no ha existido jamás.

Machado ya no se encuentra en sintonía con las nuevas corrientes. Los movimientos de vanguardia no encuentran hueco en su actitud vital hacia la poesía ni las vanguardias se identifican con el sentimiento de una poesía que canta a los grandes temas desde que el mundo es mundo, desde que la poesía es poesía: el amor, la muerte, el paso del tiempo. La función de la poesía es para el poeta el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. La figura de Machado es respetada, su magisterio oído, pero las Vanguardias y los nuevos poetas que se darían en la Generación del 27 van por otros derroteros.

Cuando estalla la guerra, Machado quiere ser poeta cívico y bélico, del lado de la España republicana. Surgen sus Poesías de guerra: en tono de arenga, coplas, sonetos,  romances al paisaje valenciano, a donde se ha trasladado evitando el tumulto y la confusión en Madrid.

LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO.
Otra vez en la noche...Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. - Madre, ¡el pájaro amarillo !
¡Las mariposas negras y moradas !
-Duerme, hijo mío.- Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. - ¡Oh flor de fuego !
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, ¿Dime ?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego ;
fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.
-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía ?
El cristal del balcón repiquetea.
¡Oh fría, fría, fría, fría, fría !

La Guerra ya está tocando a su fin y  Machado se marcha a Francia, en España ya no hay cabida para poetas como él. Tras una breve estancia en Barcelona, recala en el pueblecito costero  de Collioure, en compañía de su madre. Son acogidos en un hotelito de la localidad, donde el poeta muere pocos días después. Su madre lo acompañaría tres días más tarde.
Cuando murió Machado se le encontró en el bolsillo un papelito arrugado. En él, escrito a lápiz, junto a otras notas, figuraba un verso destinado, sin duda, a un nuevo poema. Es su último verso:

“Estos días azules y este sol de la infancia”.

Machado fue un hombre sencillo, sobrio, que estuvo siempre a la altura de las circunstancias. De carácter tranquilo y ajeno, cuando no ruborizado, a todos los homenajes que en vida recibió. Tuvo en él mismo la capacidad de hacer pensamiento con la palabra, describir al ser humano a través de una poesía entendida y entendible, y fue capaz de conectar sensibilidades dispares sin él pretenderlo a través de su labor y por ende, de su trayectoria vital.

Unos se marcharon de un país al que no volvieron o volvieron muchos años después con las cicatrices abiertas, otros se quedaron soportando el envite de las circunstancias y adaptando su vida y su quehacer al páramo cultural que quedó tras la guerra. Otros murieron, en su tierra o lejos de ella como es el caso de Machado. Hay un lugar donde recordarle, una tumba a la que llevar flores. Pero tras el paso de los años, nunca llorarle, porque el maestro no hubiera querido siquiera, llamar la atención de tan triste manera. No quiso ser mártir, no quiso hacer banderas ni de una causa ni de la contraria. Sólo quiso ser, y ya era todo un logro: “En el buen sentido de la palabra, bueno”. Por todo ello, su persona y su figura, que es toda una, son siempre y sean cuáles sean las circunstancias, necesarias.


EN COLLIOURE. (Joan Manuel Serrat)

Soplaban vientos del sur
Y el hombre emprendió el viaje.
Su orgullo, un poco de fe
Y un regusto amargo fue
Su equipaje.
Miró hacia atrás y no vió
Más que cadáveres sobre
Unos campos sin color;
Su jardín sin una flor
Y sus bosques sin un roble.
Y viejo,
Y cansado
A orillas del mar
Bebiose sorbo a sorbo su pasado.
Profeta
Ni mártir
Quiso Antonio ser:
Un poco de todo lo fue sin querer.
Una gruesa losa gris
Vela el sueño del hermano.
La hierba crece a sus pies
Y le da sombra un ciprés
En verano.
El jarrón que alguien llenó
De flores artificiales,
Unos cuervos y un clavel
Y una rama de laurel
Son las prendas personales,
Del viejo
Cansado
Que a orillas del mar
Bebiose sorbo a sorbo su pasado.
Profeta
Ni mártir
Quiso Antonio ser:
Y un poco de todo lo fue sin querer.

Enlaces de interés.
http://amediavoz.com/machado.htm

Libros de consulta.
- Tusón, Vicente y Lázaro, fernando (1995): Literatura del Siglo XX. Madrid. Grupo Anaya.
- Alvar, Mainer, Navarro (2000): Breve historia de la literatura española. Barcelona. Alianza editorial.
- Serrat, Joan Manuel (2008): Algo personal. Madrid. Temas de Hoy.

martes, 8 de mayo de 2012


AMISTAD MÁS ALLÁ DE LA MUERTE: MIGUEL HERNÁNDEZ Y RAMÓN SIJÉ.

 (En Orihuela, su pueblo y el mío,

se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,

con quien tanto quería.)

Estos son los versos iniciales del que quizá sea el poema más conocido de nuestro oriholano universal. Quizá conocido porque el cantautor catalán Serrat lo inmortalizó en una canción que publicada en 1972, suponía el renacer de un poeta maltratado por la guerra, maltratado por el régimen que ya iba tocando a su fin, maltratado a fin de cuentas por la vida. Quizá asimilado por la cultura popular, por lo que tenía de símbolo de un ideario que murió en los inicios de los años del hambre. O simplemente porque es un poema que rezuma dolor, que desgarra el corazón, que encierra como tal vez ningún poema lo haya hecho, el dolor que supone la pérdida de un amigo, en definitiva: la amistad más allá de la muerte.

Miguel nació en Orihuela en 1910. Su vida se apagaría tan sólo 31 años después, tras un rosario de presidios y penurias que acabaría con su vida en la cárcel de Alicante. Testigo de ello, el impresionante dibujo de un Miguel moribundo, hecho a carboncillo por el que fuera después, uno de nuestros grandes dramaturgos, Antonio Buero Vallejo, compañero de prisión.

De familia humilde, hijo de un marchante de ganado, ese era el futuro que le esperaba: el pastoreo y una infancia alejado de la escuela en la medida que su padre lo pretendió. No quería que Miguel se educara, no quería libros en casa. Quería en definitiva que el hijo aprendiera el oficio y así contribuir a la economía familiar y de paso aprender el oficio del que habría de vivir. Pero Miguel, de natural inquieto, pese a que es fiel a las peticiones del padre, retoma los estudios y los compagina con el pastoreo. Pero ya caen en sus manos las primeras lecturas de clásicos españoles y las tertulias con amigos a los que también les mueven inquietudes literarias, hacen que Miguel ya no sea capaz de marchar al campo sin libro que llevarse a la boca, metido en la zamarra.

Con 20 años escasos Miguel se planta en Madrid, dispuesto a abrirse camino en el mundo literario, con un libro de poemas bajo el brazo. Y pese a que conoce a autores del momento, Lorca o Neruda, no termina de despuntar como poeta para las mayorías. En un segundo viaje a la capital obtiene más fortuna, consigue trabajo en las Misiones Pedagógicas, colabora asiduamente en La Revista de Occidente y es tutelado por José María de Cossío para que participe en su enciclopedia taurina.

Pero llega la guerra, Miguel se alista en el bando republicano, participa como lector en la radio del frente, alentando a las milicias con la lectura de poemas, muchos suyos. Fugazmente visita Orihuela y se casa con Josefina Manresa. Tendría dos hijos: uno que murió al nacer y otro al que apenas pudo conocer, sabiendo de él sólo por cartas de Josefina y viéndolo apenas dos veces en la prisión.

Al término de la Guerra, es apresado por la Guardia Civil en su camino hacia el exilio en dirección a Portugal. Condenado a muerte en 1940, comienza su trágica procesión por diferentes cárceles: Sevilla, Madrid, Palencia, Toledo y finalmente Alicante, donde una tuberculosis, agravada por las condiciones carcelarias que sufrió, acabó con su vida a los 31 años.

Pero volvamos a la primera juventud de nuestro poeta. En las tertulias de su Orihuela natal, se codea con sus vecinos, propietarios de una de las panaderías del pueblo, los hermanos Fenoll y con José Ramón Marín Gutiérrez, nuestro Ramón Sijé.

De educación conservadora, profundamente católico y con una mayor preparación académica que Miguel, quiso este reconducir la poesía de Miguel hacia estos caminos, y Miguel se dejó hacer, fruto de la admiración y amistad que sentía por Ramón. Muchos de los primeros poemas de Hernández llevan esa impronta. Sijé es para nuestro poeta un lujo, un muchacho que domina la técnica poética, que ha estudiado en la Universidad y que posee un gran bagaje cultural. Pero por encima de todo son amigos.

En el segundo viaje a Madrid, al que hemos hecho referencia anteriormente, Miguel intima con Neruda (poeta que sintió profundamente su muerte) y este le dice que las directrices y la amistad entre Sijé y él suponen un lastre para su creación poética y la poesía pura, libre y natural que estaba creando Miguel. Se produce el alejamiento, la distancia, Miguel desde Madrid y atrapado por una profunda melancolía escribe a Ramón pero no obtiene respuesta, Ramón está enfadado con él por los derroteros que ha ido tomando so obra poética, en las antípodas del pensamiento de Sijé.

Pero ocurre lo impredecible: Sijé, víctima de una septicemia, muere de forma casi fulminante tan sólo con 22 años. Miguel ya no puede reconciliarse con él. Ya no puede escuchar los consejos del amigo, ni siquiera tiene tiempo de ir a Orihuela a su entierro. Y no lo hará. De hecho sólo es capaz de escribir una carta de condolencia a la familia un año después. Pero eso sí, en tan sólo quince días y tras enterarse de la noticia, compone la elegía que nos ocupa: la elegía a Ramón Sijé.

Nos podríamos preguntar por qué este poema llega tan hondo, toca la fibra íntima del que lo lee y ha llegado a ser tan universal aún partiendo de un hecho tan particular e individual como fue la muerte de Ramón: porque toca lugares comunes, sentimientos de pérdida tan cercanos para el que haya estado en la piel que vistió Miguel cuando se enteró de la noticia: la muerte de un amigo y la tormenta de sentimientos que ese hecho produce.

(En Orihuela, su pueblo y el mío,

se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,

con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.


Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

El poder de la literatura sirve para poner de relieve sentimientos comunes que como hombres, como humanos, no podemos dejar de lado. Y aunque Miguel fue el poeta de la naturaleza, el poeta del pueblo, el poeta silenciado por la sinrazón que nos llevó a una guerra y a una larga dictadura, no deja de ser el gran maestro, que orquestó toda una tormenta de sentimientos, que aún hoy, tras un siglo de su nacimiento, nos sigue dejando sin aliento y haciendo patente que si hay sentimientos que la muerte no puede apagar, la amistad es uno de ellos. Por ello su elegía es uno de los mayores símbolos literarios de nuestras letras y que pone de manifiesto el poder de la amistad más allá de la vida.